una mirada arrugada y escéptica del mundo









viernes, 15 de octubre de 2010

"MARIO"


A veces las cosas llegan, a veces se pasa uno la vida esperando, a veces nunca llegan, a veces parece que se cachondean de uno, que te toman por el lápiz de un parvulario y, a veces, cuando menos te lo esperas, incluso antes de que seas un cadáver con patas, te llega el reconocimiento que tanto mereciste y que durante tanto tiempo y tantas veces, incomprensiblemente te fue negado.

Lito Vitale Milenio 1

Savarito estaba ordeñando sus cabras ayer por la mañana, las últimas, cuando de la pequeña radio que parece de galena y acumula hasta guano de los murciélagos de la cárcava, saltó la noticia. Esos de la Academia sueca, tantas veces tan miopes como torpes, esta vez sí soltaban una noticia de dinamita. El nobel de Literatura, esta vez sí que sí, era para Mario. Casi le arranca una ubre a Blanquita, brincó y lloró como un niño. De pura alegría.
Cabrero sí, pero no tonto; poco instruido sí, pero no iletrado, el maestro del pueblo a veces se pasaba por la sierra y le dejaba libros. También un diccionario porque había muchos ‘palabros’ que no entendía y cuando la trama se le hacía cuesta arriba como una trocha. le ayudaba a entenderla, a digerirla.
No recuerda que fue lo primero que leyó de Mario. Quizá La Ciudad y Los Perros, quizá Conversaciones en la Catedral, o aquella que hablaba de putas y de un tío con Pantaleón en vez de con pantalones. Supo que venía por Marbella desde hacía muchos años, como él a pasar hambre, aunque claro, era distinto. Su aprisco era de perdulario, rupestre y la clínica en la que se enclaustraba Mario, un lujazo. Eso sí, los dos bebían agua como cosacos, él del manantial, sobre todo cuando apretaba la caló, y Mario de cientos de botellas que se apilaban como mojones en todos los pasillos de aquel lugar impoluto.
Se le puso en las mientes que quería conocerle. Lo terminó adorando. Tarea difícil porque Mario, cuando venía a Marbella, lo que quería era descansar y poca bulla. Pero el maestro, don Cosme, que era una bellísima persona, movió cielo y tierra para lograr el encuentro.
Tardó años y Savarito siguió devorando más historias, las de una casa verde, que le enorgulleció como la suya, la de un tal Lituma, que la vió lejana, la de un pez que no encontró su agua….
Pero los milagros ocurren. Al final, Mario aceptó recibirle. Se colocó sus pantalones menos raídos, su camisa de domingo, limpió a conciencia sus zapatones, dejó el sombrero en casa de su madre, donde se restregó con jabón de olor hasta desollarse, y se presentó en aquella clínica, la Buchinger, a la que a él le sonaba el nombre a chacina.
Mario, que lo de Vargas Llosa de entrada le dijo que se olvidara, le estaba esperando junto a un aguachirle que no era ni consomé. Le dio no sólo la mano, sino un abrazo. Savarito sólo pudo entrarle por donde sabía: buenos días tenga usted, no sabe lo que le agradezco que me reciba y, como no era fetichista, ni le llevaba un libro, con olor a cagarruta encima, para que se lo firmara.
Savarito comprobó que aquel hombre, de canas de las que brotaba sapiencia, era un encanto. Frente a su vozarrón de llamar a las cabras a kilómetros, tenía un hablar melodioso, cantarin, amable. Muchas cosas de las que dijo se le escaparon pero hablaron del campo y sus ciclos, de cómo Arequipa (Savarito se había documentado) se parecía a un pueblo andaluz, como el suyo, que a ambos les gustaban los toros, el flamenco y el baile. Y los títeres, bueno, el teatro.
Echaron un rato muy agradable y se cayeron bien. Savarito no daba crédito a tanta amabilidad y hasta le dio corte entregarle un queso, hecho por él, de cabra pallolla, justo cuando aquel hombre de sonrisa franca no comía nada, andaba en un ayuno de eremita. Pero se lo dio, y le dijo que le aguantaría sin problemas hasta que dejara aquella dieta que nunca comprendió: no comer cuando no se tiene es una cosa pero retorcerse el estómago porque no hay nada que echarse a la boca, otra.
El rito se repitió año tras año. No al final sino desde el principio Mario y Savarito se hicieron amigos. Se veían todos los años, hablaban y él, por lo que le decía el maestro sabía que cada vez era más famoso, que daba clases en un colegio muy grande, uno que tenía nombre de naranjas, juasginton, cree recordar, pero que tenían una cuita con él, que no le daban un premio que merecía. Él ya lo sabía, que se lo había leído todo y aquel libro de la Fiesta del Chivo, le llegó al alma no sólo porque llevara el chivo, su grey, su medio de vida en su título. Le emocionó.
La última vez tuvo un pálpito. Habían organizado un acto en Marbella, en un cortijo muy apañado, que se llamaba seis autores con Mario. Savarito no había leído nada de Delibes, pero sí comprobó sin saberlo que aquello sí que eran no cinco sino seis horas con Mario. Todo el mundo, él incluido, quería oirle hablar y los escritores, personajes importantes le dijeron, se pegaban unas parrafadas largas como cola de mulo y no había forma de oir a Mario, que le saludó nada más llegar. Al final le hicieron una especie de entrevista, de esas que oía en su radio de murcielagina, y se enteró que estaba en otro proyecto. Al terminar casi tuvo que sacarlo a rastras su médico porque Mario. Savarito bien lo sabía, no dejaba de firmar ni de atender a nadie. Una buena persona, le constaba. Ya fuera del caserío aquel, el médico le pidió si podía llevarlo al chalé ese con nombre de butifarra, pero no pudo. Se lo dijo a Mario, acongojado, ¿para una vez que le pedía un favor?.
Tan sincero como cuando le comentó, una vez que se lo preguntó claro, que aquello había sido un rollo, que la gente a quien quería oir era a él, le dijo que no podía. Había venido en su vespilla de 20 años y no se lo imaginaba, a aquel pedazo de escritor, eterno candidato al premio ese de la dinamita, de paquete y sin casco. Para que lo multaran encima. Al final le dio tiempo a su galeno a acercarlo, aunque era tarde, noche cerrada.
Savarito volvió a su aprisco. Aquella noche escribió su primer poema. Decía, entre otras palabras impronunciables, algo así como “Mucha sueca, mucha sueca, pero vaya saboríos que son los suecos. Te pido dios mío que de una puñetera vez le den el premio ese de los cartuchos que no son de tabaco a este buen hombre que escribe como tú”. Fue hace unas semanas. Eso sí, lo de la cartografía del poder lo ha dejado ojiplático. Siempre pensó que Mario era un escribidor no un topógrafo.
Por cierto, han quedado, una vez que Mario vuelva de Estocolmo en darse un paseo en burro y celebrarlo estrenando un pernil. Pata negra, claro.

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